Inés Ballesteros - Psicóloga en Tenerife

Una autoestima mutilada, mermada, castrada… tiene como consecuencia un adulto que sufre, que siente un inmenso vacío, que no se sacia, que afronta la vida con miedos.

 

La autoestima se construye  desde los primeros años de vida, no es algo que venga en los genes, es fruto y resultado de un aprendizaje, de una forma de haber sido atendidos y cuidados en la infancia.

No invito a la gente a victimizarse por lo desgraciado de su pasado, de sus vivencias dolorosas en la infancia , humillantes, carentes, pero si les invito a revisar su historia de vida para conocerse, entenderse y sanarse.

Hoy quiero compartir un caso real, una paciente que llegó a normalizar el abuso y la humillación en su vida y sin embargo un día despertó y convirtiéndose  en una mujer fuerte sin dejar de ser vulnerable, instruida sin dejar de ser ingenua, equilibrada sin dejar de tener crisis, pero sobre todo  se ha convertido en una adulta responsable de su carencia.

Llegó a consulta por problemas de pareja, realmente por problemas relacionados con la dificultad para conectar con el placer, con la capacidad para disfrutar de las relaciones sexuales y en general para «disfrutar  de la vida».

Tenía delante de mi una mujer con una apariencia cuidada, formada, autónoma, independiente, pero tan poco consciente de sí, que no se daba cuenta de la vulnerabilidad que reflejaba, lo frágil que se la veía, lo triste de su mirada.

Iniciamos un camino que, lejos de centrarnos en las relaciones sexuales, nos llevó a conocer de donde venía aquella mujer, y aunque al principio se rebelaba en las sesiones porque no sentía atendida su demanda, un día dejó de luchar y se entregó al trabajo con una exquisita dedicación.

Sus primeros años de vida se dieron en una familia acomodada, ambos padres trabajaban y no habían necesidades económicas en casa, es más era una familia «familiar» donde padres e hijos disfrutan. Sin embargo cuando ella tenía cuatro años sus padres se separan y entonces su vida cambia radicalmente.

Ella se queda bajo el  cuidado de su madre y se van a vivir a una ciudad diferente, mientras los contactos con su padre se reducen a periodos vacacionales, siendo la distancia física un añadido que jugó un papel importante en como se dieron las cosas (en esos años los móviles eran ciencia ficción).

Los padres son personas antes que padres.

 

Tras la separación, su madre cae en una profunda depresión, y de la noche a la mañana su vida «normal» pasa a ser un continuo de inestabilidad, miedo, preocupación…

Su madre en un intento de salir de la depresión comenzó a consumir alcohol diariamente, combinándolo con fármacos antidepresivos, lo que provocaba cambios en su comportamiento que repercutían directamente en ella.

Empezaron los episodios de malos tratos físicos y psicológicos cuando ella tenía unos cinco años, sin embargo la primera vez que los escuché de su voz era como sus palabras apenas tuvieran sentimiento, ni se le quebraba la voz, simplemente narraba los hechos como si  le hubieran sido ajenos.

Aquí comenzó a formarse parte de su carácter, donde se desconecta el cuerpo de la mente, donde los doloroso se coloca en el mundo del pensamiento, se justifica, se racionaliza, para que pierda intensad   y de esa manera se garantice la supervivencia.

Su madre antes de serlo, era  una mujer con una difícil historia de vida que ella aun no conocía, una mujer que arrastró su dolor sin poder compartirlo y que se refugió en una relación de pareja para sentirse viva, sintiéndose muerta cuando esta finaliza. Su propio duelo, su propias carencias no atendidas la hicieron entrar en una espiral de autodestrucción en el que sin darse cuenta arrastraba a su hija.

Ella con el paso de los años había justificado a su madre, por su enfermedad, sin embargo  con ello se había negado el derecho a sus propios sentimientos, que quedaban relegados en su interior, haciendo que sus heridas lejos de curar, cada vez escocieran más, cada vez le obstaculizaban más su vida de adulta.

No se atrevió a escuchar su rabia,  ni su odio, ni atendió su dolor, simplemente siguió adelante sumando días, viviendo la vida de puntillas, entendiendo que esa era su vida, sin atreverse a aspirar a nada mejor.

Su infancia y adolescencia se caracterizó por episodios de ingreso de su madre en unidades de psiquiatría tras varios intentos de suicidio,  y un sentimiento de tristeza que todo lo inundaba.

Su madre cuando bebía tomó por costumbre descargar su rabia y frustración  en su hija, de madrugada la levantaba de la cama para amenazarla con que le iba a cortar el pelo si no se mantenía despierta, o que tiraría toda su ropa (como hizo en más de una ocasión por la ventana) si no le traía alcohol.

En ocasiones la llevaba a una habitación, le sentaba en una silla y durante horas le repetía lo fea e inútil que era, lo desdichada que sería su vida donde nadie la querría, lo ignorante que la consideraba, lo avergonzada que se sentía de ella, y la niña simplemente escuchaba.

Había días que no podía acudir al colegio por las marcas de las bofetadas en su cara, bofetadas que habían llegado sin previo aviso, sin causa, simplemente llegaban.

Escenas caóticas se sucedían día tras día, gritos, amenazas, noches en la calle, sin comer, sin dormir…

Las primeras veces la niña lloró, explicó, suplicó...sin embargo nada de eso servía para conseguir que su madre dejara de tratarla de aquella manera, por lo que un día la niña decidió dejar de luchar.

Creció haciendo verdad las mayores mentiras.

Carencia

Un niño no se rebela, no tiene las fuerzas ni las herramientas para hacerlo.

Un niño da por cierto aquello que sus padres le dicen, los ama y confía en ellos.

Un niño se siente perdido sin sus padres, por lo que si es necesario se dejará dañar para estar a su lado.

Un niño, que solo conoce una realidad no la cuestiona, la integra.

Un niño que solo escucha su falta de valía, se cree invalido.

Un niño que solo escucha su fealdad, se cree feo.

Un niño que no puede jugar, no aprende a disfrutar.

Un niño que crece en la inestabilidad, se vuelve inestable.

Un niño que crece con miedo, aprende a anticipar para protegerse

Un niño expuesto a la incertidumbre, se vuelve controlador.

Un niño que no ha sido acariciado, se vuelve frío.

Un niño que no ha sido aceptado se vuelve exigente.

Así crecieron sus secuelas.

Aquella realidad, vacía, fría, inestable, insegura, oscura…fue el contexto en el que esta niña creció, y donde se desarrolló su autoestima, y así nos conocimos, ella adulta sin dejar de ser niña.

Cuando hablamos del niño herido es a esto a lo que los terapeutas nos referimos, adultos que han timoneado las vida guiados por su niño herido, y aún así sin darse cuenta le siguen tratando sin mimo con dureza y castigo.

La mujer sentada ante mi era una niña asustada, inestable, insegura, sintiéndose fea, vacía, inculta, débil, absurda, … un día me confesó  » me siento tan hueca, que a veces temo no poder escuchar mi propio sonido por dentro, como si un gran vacío me absorbiera», pero esta capacidad de verse vino con el tiempo y con la terapia llegó la conciencia, la realidad,la otra mirada, la reconquista de quien era.

Hasta que nos conocimos siempre se creyó no ser digna, no estar a la altura, no merecer, no valer…, construyendo su vida a golpe de satisfacer las expectativas de los demás para no sentirse nuevamente abandonada,  sin darse cuenta del alto precio que pagaba.

En el siguiente post hablaré del trabajo terapéutico realizado y de su fruto.

 

 

 

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