Inés Ballesteros - Psicóloga en Tenerife

“Si me quisieras no me tratarías así”…, bonita forma de delegar en los demás la responsabilidad de nuestro cuidado, de nuestro bienestar, nuestra salud…

Esta frase tan común, dirigida normalmente hacía aquellas personas que entendemos que nos quieren, refleja una dejadez hacía nosotros mismos, una abandono o negligencia que nos lleva a depositar en ajenos lo que es trabajo propio: cubrir nuestra necesidad.

Como psicóloga veo en consulta repetirse el mismo patrón, gente que sufre por no tomar decisiones esperando que las tomen otros, por esperar que los demás hagan algo por uno, por abandonarse al descuido en el auto cuidado, generando un gran sufrimiento emocional que les lleva a la desmotivación, la apatía, la depresión…y dependencia.

La responsabilidad de nuestro bienestar es nuestra, sin embargo no dejamos de esperar que intuyan cuales son nuestras necesidades, que es lo que queremos, como nos gusta que nos traten, etc., manteniendo un juego peligroso en el que deseamos ser “adivinados“.

Resultará fácil reconocernos en expresiones como “con lo que me conoce ya sabe que es lo que quiero”, “yo no digo lo que necesito porque se me nota en la cara”, “a estas alturas ya debería saber que me apetece”…Necesidad

Lejos de conseguir que nuestras expectativas se cubran, este tipo de comportamientos nos lleva a esperas estériles donde finalmente responsabilizamos al otro/a de nuestra insatisfacción, por no darnos lo que queremos, lo que esperamos, … cuando sería tan sencillo como empezar a pedir de manera abierta para recibir lo que realmente necesitamos y decir “Yo necesito”.

Pedir nos hace humanos, reales, cercanos, sin embargo en el acto de pedir muchas personas reconocen un movimiento de debilidad, que se acompaña de un rotundo “yo no necesito” o de un pesado “yo puedo con todo”. Mientras sigamos cargando con estas ideas seguiremos sufriendo innecesariamente.

Darnos cuenta de que nos encontramos anclados en esos pensamientos es el primer paso para introducir cambios, a veces resulta difícil identificar estas premisas ya que algunas fueron grabadas a fuego durante nuestra infancia, adolescencia o adultez.

Los padres, las madres, los cuidadores en general acompañan en la educación con mensajes explícitos e implícitos cargados de mensajes donde se busca garantizar la autonomía, potenciar la capacidad, desarrollar la potencialidad en el niño o niña. Esto no es erróneo siempre y cuando se contemple la posibilidad de que tenga cabida aceptar la limitación, la dificultad y la petición de ayuda.

En ocasiones sin darnos cuenta transmitimos que el error no cabe, que la perfección es el único camino, olvidando que los errores y las equivocaciones son necesarias en los procesos de aprendizaje. Cuantos no reconocemos frases como “tu solo puedes”, “tu eres fuerte y puedes con eso y más”, “estoy orgulloso porque has podido”.

Crecemos pensando que pedir ayuda nos hace vulnerables, incapaces, menos merecedores incluso mediocres, lejos de entender que aceptar una necesidad nos hace más sabios, más fuertes, llevándonos a un contacto más tierno con quienes somos, y les garantizo que desde ahí el sufrimiento que arrastramos disminuye.

Queremos garantizarnos el reconocimiento de los demás (amor) mostrando  y desplegando un sin fin de virtudes, de capacidades y cualidades que tenemos, sin darnos cuenta del coste de vivir siempre en pos de satisfacer las expectativas ajenas, lo que en ocasiones nos lleva a un desgaste innecesario, como si llegáramos a la cima sin aliento ¿es realmente necesario tal hazaña?.

La exigencia, los deberías, nos alejan del contacto más intimo con quienes somos, nos aleja de nuestras necesidades más básicas y emocionales, buscar el amor del ser amado a costa del propio nos lleva a enfermar.

Ya cansados de mostramos todo poderosos esperamos que nuestras necesidades, abandonadas en primera persona, sean satisfechas y cubiertas por aquellos a quienes hemos brindado nuestro esfuerzo, nuestra estoica conquista y sufrimos cuando quedan sin cubrir, cuando la respuesta es el sentimiento de “no ser visto”, “no ser entendido” que interpretamos como no ser amados.

pararLes invito a reconquistar el territorio, a pararse en un momento del día y preguntarse ¿Qué necesito?, si somos capaces de identificarlo atrevámonos a pedir, incluso cuando no se de la parada, simplemente en la acción cotidiana romper la mecanicidad de hacerlo todo y pedir ser ayudados, es un ejercicio muy sanador.

Es más, si nos reconocemos en la necesidad de “ser necesitados”, se hace más necesario poner empeño en reconducir este comportamiento. Quienes siempre se muestran disponibles para ayudar a los demás, incluso cuando no ha habido una petición de ayuda, quienes siempre adivinan lo que los demás necesitan y ahí están para brindarlo, han caído en la trampa de hacerse indispensables a los demás para cubrir su necesidad de pedir a través de cubrir la necesidad de la otra persona, con lo cual se genera un comportamiento dependiente. Esta “disponibilidad a la ayuda” lleva implícita la necesidad de que “los demás estén ahí para cubrir mi necesidad”, aunque esto esté actuando de manera inconsciente.

 

En definitiva, si espero que otros se responsabilicen de mi necesidad, probablemente la insatisfacción me acompañe durante toda la vida, no somos adivinos, y cada uno mira la realidad desde donde se encuentra, por lo que es muy difícil “acertar”. Sin embargo si me hago responsable de mis necesidades, y me atrevo a pedir, cuando estas se cubran lo harán de manera satisfactoria, y cuando no (por negativa), puedo buscar alternativas para no quedar en la carencia. Todo ello nos dará una mayor sensación de cuidado, y estaremos siendo enormemente respetuosos con quienes somos, dejando de culpar al mundo de nuestra desgracia y alejándonos del sufrimiento emocional de responsabilizar a los demás de nuestra insatisfacción vital.

 

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